15.2.09

JUAN L. ORTIZ



Manteniéndose en la periferia, en su tierra natal, casi fuera de todo sistema, Juanele logra, sin proponérselo, que el sistema vaya a él...
Largas y numerosas peregrinaciones son emprendidas para conocer al maestro.
Son los medios, los que se ocuparán de él, los que van hacia el escritor.
El poeta recibe a todos con hospitalidad de maestro budista. Se ocupa de escuchar lo que el paisaje dice.
Y lo que no. Lo que no dice.

«Todo me excede, todo me excede siempre».

NACIMIENTO ETC.
Juan L. Ortiz (1896- 1978) nace en Puerto Ruiz, Gualeguay, provincia de Entre Ríos. Es el menor de diez hermanos.
Pronto se relaciona con la música y la pintura. Pronto también, con sus ideas políticas, que siempre estarán ligadas a la revolución.
«Yo diría como Artaud o como Césaire que la poesía está unida ahora a la revolución.» —declarará en un reportaje. Será fiel a esta idea durante toda su vida.
De niño, la temprana visión de unas vacas ordeñadas en la niebla del primer amanecer detonan algo: el salvajismo de su mirada para siempre.

COSAS INFINITAS

«¿Quien al andar por el crepúsculo o al trazar una flecha de su pasado, no sintió alguna vez que se había perdido una cosa infinita?»
Tal pregunta de «El hacedor» de Jorge Luis Borges (Paradiso, XXXI, 108) bien podría aplicarse a la poética Juan L. Ortiz.
Pero a diferencia del laureado Borges, el poeta entrerriano, dedica las casi mil páginas de ese CONTINUO que es su obra, al intento de hacer fluir, a través de su poesía, todo lo inasible que nos rodea.
Y lo hace desde el margen, la periferia, erigiéndose casi sin quererlo en mito y referente, en poeta de poetas.
Lo hace «pintando su aldea», pero no del modo en que lo haría un cronista, sino como es misión del poeta: en palabras de Hölderlin: «entregar al pueblo, velados en su canto, los dones celestes».

«Me has sorprendido, diciéndome, amigo,
que «mi poesía»
debe de parecerse al río que no terminaré nunca, nunca de decir...»

SIMBOLISMO
Juanele descifra el «bosque de signos » de «la naturaleza como pilar viviente» (Baudelaire, en el soneto IV de «Las flores del mal» deja en claro las correspondencias propias del simbolismo).
El poeta sorprende los «signos de los dioses».
Pero la distorsión en las percepciones, el «desarreglo de los sentidos», proclamado por Rimbaud, no acontece por el exceso, «los paraísos artificiales», sino a través de la mesura. ¿Los paraísos naturales?
Sobreviene una forma de calma oriental digna de los poetas chinos que tanto admiró Juan L. Ortiz. Entonces, el arte acontece como desocultación del mundo, acorde a la filosofía de Heidegger.
No pensamos esta asociación como algo forzado.
Juanele define la poesía como «la intemperie sin fin». Hay consonancia con «los tiempos de indigencia» anunciados por Hölderlin.
La intemperie propicia la revelación del ser.

«Cuándo, cuándo, mi amiga, junto a las mismas bailarinas del fuego,
cuándo, cuándo, el amor no tendrá frío?»

PUBLICACIÓN
Publica gracias a la insistencia de sus amigos. El más célebre de ellos es Carlos Mastronardi, autor de «Luz de Provincia».
Tiene una breve estadía en Buenos Aires. Luego de dos años retorna a su tierra, de donde no volverá a salir excepto para un viaje por los países socialistas.
Hacia 1950 se convierte en referente inevitable del grupo «Poesía Buenos Aires». Muchos de los más grandes poetas peregrinarán para conocerlo.
Llegan Raúl González Tuñón (su gran amigo, según Neruda, «el primero en blindar la rosa», Edgar Bayley, Juana Bignozzi, Paco Urondo, Francisco Madariaga entre otros.
Atención a los títulos de sus libros, que irán publicándose en ediciones mínimas: «El agua y la noche», «El alba sube...», «El ángel inclinado», «La rama hacia el este», «El álamo y el viento», «El aire conmovido», «La mano infinita», «La brisa perfumada», «El alma y las colinas» y «De las raíces y del cielo». «En el aura del sauce» se incluye los diez libros anteriores, más tres inéditos: «El junco y la corriente», «El Gualeguay» y «La orilla que se abisma».
Su obra completa, paradójicamente o no, para un poeta que solo aspiraba a la levedad, es un libro de más de mil páginas... Que empieza y termina en cualquier parte. Como el río. Que es a cada momento diferente.

« Sí, mi amiga, estamos bien, pero tiemblo
a pesar de esas llamas dulces contra junio… »

CHINA: EL JUNCO Y LA CORRIENTE
Viaja a los países socialistas en 1957. Se sorprende al hallar al otro lado del mundo, en la China maoísta de la revolución, un paisaje similar al de su tierra.
Conservará un recuerdo entrañable de ese otro mundo, tan cerca, tan lejos, plasmado en el libro «El junco y la corriente». Piensa en sus amigos, sus hermanos al otro lado del mundo, junto a otro río.:

«Oh, las figuras del cariño, dónde,
¿dónde ellas?
Llueve en mi corazón y llueve sobre el Yan Tsé...
Pero por qué no estáis aquí.
vidas, oh dulces vidas, alas que yo no sabía en otro espacio
también que el de mi corazón...?»

TIPOGRAFÍA Y ESTILO
Sabido es que Juanele posee un carácter visual del poema, lo que lleva a cada signo a ser insustituible. Posee una máquina de escribir con caracteres en tamaño 8 (una letra muy pequeña) y así deben leerse sus poemas. Sostiene una inclaudicable discusión con una editorial española que quiere adaptar la tipografía de sus poemas al tamaño normal (esto es, los más legibles 11 o 12). Lejos de la simplicidad que demuestra el hombre, su poesía irá tornándose cada vez más compleja. Para seguir diciéndose y diciendonos. Para abrir preguntas inmensas, inconmensurables.

«No podemos entrar, Abril, en tu/dicha translúcida.
Hay una sombra, Abril,
la sombra de una inquietud,
que nos deja en la orilla, en la/ orilla, temblando de tu dicha..»

ESTILO. MOTIVOS.
La luz de octubre, abril, los meses y las estaciones, se hacen motivo en su poesía.
Diminutivos (florcita, espinillo), guiones de diálogo, largos versos rematados por un signo de pregunta, son algunas de las características de una sintaxis, siempre en el borde, la orilla. Algunas palabras recurrentes: ella, la niña, la amiga (¿corporizaciones de la poesía?) Serán esos signos de interrogación que por sorpresa cierran largos versos una forma de sugerir que cualquier discurso que no sea una pregunta es un totalitarismo?

“¿Hay entre los árboles una dicha pálida.
final, apenas verde, que es un pensamiento
ya, pensamiento fluido de los árboles,
luz pensada por éstos en el anochecer?”

¿QUIÉN FUE AL RÍO?

¡Quién puede pintar un árbol sin transformarse él mismo en árbol!
(Nietzsche)

Tal vez lo más cercano a un arte poética en Juanele sea el poema «Fui al río», publicado en 1937 en «El ángel inclinado»•.
En el primer párrafo siente al río cerca, está frente al río.
«La corriente decía/ cosas que no entendía».
Se angustia en su intento de comprender al río, «qué decía el cielo vago y pálido en él ».
En el segundo párrafo del poema, el poeta regresa del paseo y aparece una pregunta.
«Regresaba/ –era yo el que regresaba?»
Entonces, de pronto, siente un río corriendo dentro de sí.
Ya no hay diferenciación entre hombre y paisaje.
Ya no está «frente» al río. Es parte de él.
«Me atravesaba un río, me atravesaba un río!»

REPORTAJES. ALGUNAS DEFINICIONES.
Juanele aclara algunas cosas en los reportajes.
Consultado acerca de si hay algo de soberbia en su actitud al margen del sistema: «No, no, ni soberbio ni seguro. Tengo algo así como un poco de dolor, sí, de dolor, esa es la palabra, de no sentirme seguro... no me siento seguro ni de la expresión, alguien me habló de «la riqueza del lenguaje », no... esto no lo es».
Acerca de la permanencia en su provincia:
«Acaso he decidido pasar, como bien dice Machado, «la prueba de la soledad en el paisaje»; dura prueba para todo escritor».
Acerca de la función del poeta:
«En China se siente el acento puesto en la revolución. Mao dice siempre que en la revolución no hay detenciones».
Acerca del desarreglo de los sentidos:
«Ahora mismo cuando estuve enfermo, veía los árboles venir hacia mí como Rilke en Muzot, cuando le parecía que cada árbol respiraba con los pulmones de él».
Acerca de «concretar» una obra:
«Todo me excede siempre. Ninguna realización me ha conformado».
«Yo amo la poesía en estado de latencia».

EPÍLOGO O CONTINUIDAD:
El hombre. El mito. El intelectual. El revolucionario. Sigue fluyendo.

DEJA LAS LETRAS... (fragmento)
Deja las letras y deja la ciudad...
Vamos a buscar, amigo, a la virgen del aire...
Yo sé que nos espera tras de aquellas colinas
en la azucena del azul...
Yo quiero ser, amigo,
uno, el más mínimo, de sus sentimientos de cristal...
o mejor, uno, el más ligero, de sus latidos de perfume...
No estás tú también
un poco sucio de letras y un poco sucio de ciudad?

(De las raíces y del cielo, 1.958)

FUI AL RIO

Fui al río, y lo sentía
cerca de mí, enfrente de mí.
Las ramas tenían voces
que no llegaban hasta mí.
La corriente decía
cosas que no entendía.
Me angustiaba casi.
Quería comprenderlo,
sentir qué decía el cielo vago y pálido en él
con sus primeras sílabas alargadas,
pero no podía.

Regresaba
-¿Era yo el que regresaba?-
en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
Me atravesaba un río, me atravesaba un río!

Juan L. Ortiz


(Nota de j.g. publicada en la revista La otra, número 19 )

7.2.09

RICARDO MOLINARI





Aquí el sorprendido, el alejado de su lengua
R. M.



La obra de Ricardo Molinari (Buenos Aires, 1898- 1996) está concebida en la tensión entre la tradición y la vanguardia. Moverse entre romanceros y coplas, honrar a Góngora y frecuentar a algunos de los protagonistas de la Generación del 27, pertenecer a Martín Fierro y a Sur, llegar tarde al ultraísmo, no velar nunca su nacionalidad en los poemas, son algunas de las cosas que lo transforman en un poeta particularmente singular. Tomamos aquí apenas un recorte de su obra, esa parte que parece caminar junto a las teorías del ser, allí donde no casualmente, rinde homenaje, en uno de sus mejores poemas, a Stefan George.

I:
ELEGÍA

No miréis, acaso, estas palabras —sus duras urdimbres—, son las que tengo y no huyen.
Ellas creen de mí, como mi lengua. Cada día andaré más pobre, y las significancias más arduas. Sólo una no se perderá,
la que llega, levanta y merodea, igual a una hoja áspera, arañando el suelo..
por el gran patio del desasimiento.

Ricado Molinari





Lo que perdura no está acaso fijado por alfabetos, en tanto código
de signos.
Todo poeta tiene un más allá de las palabras, pues si el sentido
se coagula o se fija o se detiene, el peligro de la moral o la certeza está al
acecho.
Y cada palabra que apartamos del totalitarismo puede abrir discursos.
Esas duras urdimbres son lo que tenemos en tanto hablantes, en tanto manera de acechar lo indecible.
Pero las palabras que huyen nos interpelan. Y la intemperie o la desnudez desandan las significancias.
Todo gesto poético implica un paso más:
tal vez la fidelidad a esa única palabra que es propia, manifestándose desde ese texto que permanece en lo no dicho.
Verbo que asume su indigencia entre las significancias arduas, y pide un despojo, como la hoja que se arremolina por el patio. Palabra que toca el desasimiento mismo, para que el poema sea posible.


JG





II


UN DIÁLOGO:

En su conferencia LA PALABRA, Heidegger se extiende largamente sobre el siguiente poema del simbolista alemán STEFAN GEORGE (Alemania, 1868-1933):

LA PALABRA

Sueño o prodigio de la lejanía
Al borde de mi país traía

Esperando a que la Norna antigua
En su fuente el nombre hallara -

Después denso y fuerte lo pude asir
Ahora florece y por la región reluce...

Un día llegué de viaje feliz
Con joya delicada y rica

Buscó largamente e hízome saber:
«Sobre el profundo fondo nada así descansa».

Entonces de mi mano se escapó
Y nunca el tesoro mi país ganó...

Así aprendí triste la renuncia:
Ninguna cosa sea donde falta la palabra.

STEFAN GEORGE


Ricardo Molinari le dedica a Stefan George versos como los siguientes

si fuera útil vivir,
si fuera necesario,

en la bella elegía que transcribimos a continuación:


UNA ROSA PARA STEFAN GEORGE

Il va parmi ses fleurs;
et les souffles de l’air

Hölderlin
(Similis factus sum pellicano solitudinis)

No es la paciencia de la sangre la que llega a morir,
ni el sueño ni el mármol de Delfos, sino el polvo
que se calienta entre las uñas.
Qué importa morir, que se borren las paredes como un río seco;
que no quede una flor en la calle con su borde de luto en la frente,
ni el viento sobre las piedras podridas.

Qué haces allí, tronchado sin humedad,
con tu dicha sin aliento, con tu muerte tendida a los pies.
Con tu espuma llena de ceniza. Desdeñoso.

Ya vendrán los hombres con el ruido, con los gestos;
pero el odio seguirá intacto.

Todos te habrán estrechado la mano alguna vez,
y tú habrás bebido la cicuta en la soledad,
como un vaso de leche.

Adiós, país de nieve, de ventisca agria, sin gentes que digan mal
de ti. Eterno. Desnudo.
La sangre metida en su canal de hielo
—fuego sin aire— Jordán perdido. Si el tiempo
tuviera sentido
como el Sol y la Luna presos;
si fuera útil vivir,
si fuera necesario,
qué hermoso espanto: tengo la voluntad avergonzada.

Yo soy menos feliz que tú. Me quedo combatiendo
sin honor,
con un haz de ramas en las manos.
Duerme. Dormir para siempre es bueno, junto al mar;
los ríos secos debajo de la tierra con su rosa de sangre muerta.

Duerme, lujo triste, en tu desierto solo.

¡Esta palabra inútil!

RICARDO MOLINARI

III:
POÉTICA Y OTROS POEMAS:
Algunas palabras de Ricardo Molinari sobre su obra:
Esta es mi obra El tiempo jugado. Un extenso cuaderno de complejidades, dudas y experiencias, de aprendizaje, ejercicios y busca tensa de un tono de armonía interior saludable. Dulce y seco.

CASIDAS DONDE LA TARDE ES TARDE ES UN PÁJARO
I
Ellos dirán al verme tan solo: va como un río, sordo en su corriente, desatado.
Ellos dirán que llevo la soledad parapetada por muchas lanzas, por el polvo,
que tengo los ojos cerrados, irritados por la luz.

Ellos dirán: mañana volverá a su muerte, a ser rehén, campo mustio de amapolas, tristeza sombría.

Ellos dirán: al fin la espada de su voz descansa junto a su cuerpo arrastrado por la tierra.

II
A mi lado va una mujer que lleva un angosto ramo de alhelíes, y el acero de sus carnes
mojado por la aurora.
Cargado de cadenas me ve el amanecer, con un jaguar que bebe mi sangre rodeado de
arroyos.

La curva del río nos llama por nuestros nombres, y no sabemos nada, porque estamos
en el sueño excedidos.

III
¡Oh, tú que te alimentas de mis pobres ojos y me dices: Siempre pensaré en ti,
hasta que se seque mi piel al sol y mi lengua se destruya bajamente por la arena!

- Repítelo, quiero estar protegido, porque mi corazón se ha acostumbrado a la desdicha.

IV
nadie te ha visto a mi lado como no se ve la savia de algunas flores;
te cubres de mí, andas por dentro para vivir sin peligro, y el aliento de tu voz se mezcla
con el mío, igual a dos hojas donde ha de brotar un narciso.

No pienso nada más que en ti, por eso busco la lluvia y las orillas de los ríos donde
crece el azafrán.

4 de abril 1939

Huye el día, pero la noche te encuentra conmigo;
veo llegar las lunas llenas; ya oigo el clamor del agua que empapa las lenguas ásperas
de los venados y acosa las raíces del desierto.

Quisiera que me lamentaran como a un muerto, porque he sentido por mi piel correr
a sangre de mis amigos.
Qué me espera vivir, si ya no he de ver los pájaros volando por el cielo, ni deseo larga
vida a las flores.
Pero ¡ay! quisiera saber aún cómo duermes.


ELEGIA

Anochece, a veces, ahora, veo un dulce espacio en la llanura, oculto en un campo verde;
liso, sin aire, diáfano; inimaginable de luz, y allí,
una mirada y un árbol que sombrea intenso con sus retorcidas ramas suntuosas unos muros.
Y allí, y siempre allí, una mujer que aguarda sin movimiento,
los ojos pasados en el infinito grande del vacío, tal vez vivos, y lleva otras ropas largas,
antigua, tensa y joven. Y nada más, ni un caballo,
ni un arroyo, ni un mísero perro.

¡Solo mi corazón ventea esa llama!


ENDECHA

Quizás —en él — haya tomado el desdeseo y las penas áridas
del alma le lleguen abiertas, o lo abracen y deshagan sin mover los ojos
ni el cabello reseco encoja, desasosegado, al recibir
los gruesos vientos
de su nación; lo extraviado, que lo propuso
a la desprendida nada, al tiempo desentendido y escueto y angustioso. Extraño
lo hallarán los pájaros,
los descendientes temporales cansadores, mirando las horas sin esplendor, los días
muertos y desconocidos.
Allá donde acaso quiso;
donde llama
la perdiz grande;
arriba, donde aún resuena el tambor,
en mágico vacío vague.
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